Desandando la historia del estuco mármol

Published by admin on December 5th, 2012 - in Saberes, Uncategorized

Texto: Oscar Urruela

Desde que el hombre en la Prehistoria desarrolló la sensibilidad artística, diferentes recursos naturales han sido utilizados como forma de expresión y decoración de su entorno. Algunos de esos materiales son la cal y el yeso, y el resultado artístico de su manipulación es el estuco. La nobleza de estas materias primas, su perdurabilidad, su acabado impermeable y el refuerzo que ofrece a los murales son algunas de las características que nos permiten atestiguar esta técnica en épocas muy remotas.
La técnica del estuco a la cal es la más primitiva y extendida. La encontramos documentada ya a finales del Neolítico para el revestimiento de suelos y muros, alcanzando un mayor desarrollo con el florecimiento cultural de las primeras civilizaciones. La cal mezclada con pigmentos reviste y decora las paredes de tumbas, templos, palacios y toda clase de edificios públicos y privados de Egipto, Mesopotamia, Grecia o Roma. Fue destacada por el famoso arquitecto romano Marco Vitrubio en su obra ” Diez libros sobre arquitectura” donde documenta por primera vez el término para referirse a los revestimientos de las paredes con cal. No es de extrañar que Vitrubio en el siglo I a.C prestara especial atención a esta técnica y le dedicará unas palabras, si atendemos a que en este siglo se datan los excelentes estucos de Pompeya que demuestran por un lado que era una técnica en uso y de moda y por supuesto la profesionalización y dominio del oficio.
Los árabes fueron excelentes artesanos del mortero a la cal y llevaron la técnica a su máxima expresión, refinándola y diversificando sus usos. Reinventaron la técnica y se cree que fueron los primeros en introducir el yeso. El mejor ejemplo de ésto, son las decoraciones de excelentes estucos y yeserías que podemos ver en la Alhambra. La influencia árabe del oficio quedó en la sociedad cristiana dando buen testimonio de ello obras como el Monasterio de Santa Clara en Tordesillas o los esgrafiados segovianos.
El estuco marmol o scagliola es la otra gran variante del estuco. Su material base ahora es el yeso que se mezcla con agua, pigmentos y colas para conseguir una auténtica y excelente imitación del mármol. Es una técnica mucho más tardía que nace del ingenio de tratar de hacer dignas decoraciones en un tiempo en el que los conflictos, la economía y la política hacían muy complicado importar de tierras lejanas los mármoles y jaspes. Su origen hay que buscarlo en Italia en el siglo XVII en plena madurez del Renacimiento. De esta demanda y necesidad surgieron verdaderos artistas que llegaron a conseguir resultados de estucos taraceados que hacían complicado diferenciar lo natural de lo artificial. La tecnica del estuco mármol ofrecía múltiples posibilidades y rápidamente alcanzó un gran prestigio y comenzó a proliferar en el arte mueble, fachadas e interiores del patrimonio de la realeza y nobleza europea.
Ambas técnicas cayeron en desuso a partir del siglo XIX, en favor de otras modas y materiales (telas, papeles, acrílicos, cementos) y con ello el oficio de estucador. En la actualidad el trabajo con el estuco y sobre todo del estuco mármol está restringido a la restauración del patrimonio cultural y a un escaso sector del interiorismo y de la alta decoración, que de alguna manera está relanzando su nombre. Son muy pocos los artesanos que en la actualidad conocen este arte con profesionalidad y menos aun los que lo han aprendido de mano de los últimos grandes maestros estucadores del siglo XX, expertos que conocían el oficio y la técnica tradicional y que han dejado excelentes obras en la arquitectura y decoración de calidad del siglo pasado.

En un mercado actual en el que prima lo exclusivo y la tendencia, se están poniendo de moda decoraciones de estucos basadas en pinturas siliconadas, que no tienen nada que ver con las antiguas técnicas y que en lo único en lo que se parecen al estuco artesanal son en los precios desorbitados a los que se cobran. Los que amamos este oficio no queremos que el nombre del estuco se difunda con estos ejemplos y que el público general elabore un concepto equivocado de esta técnica artesanal. En nuestra conciencia artística está la inmensa carga cultural que el estuco tiene en la historia del arte y en el patrimonio artístico. Han decorado y protegido catedrales, iglesias, palacios, fachadas… Grandes artesanos y artistas consiguieron y supieron manipularlos legándonos obras de gran belleza y esplendor. No cabe duda de que en la actualidad se mira mucho más que antes por la protección y preservación del patrimonio artístico y cultural. Sin embargo está importante acción no sólo debería estar destinada a proteger y restaurar las obras de arte, sino también las técnicas y oficios artesanales que han hecho posible esos tesoros. El oficio de estucador no sólo se está perdiendo sino que también se esta corrompiendo por la ausencia de promoción de la técnica, la desinformación y la falta de transmisión del oficio a nuevos aprendices.
Hay que recuperar la idea del trabajo bien hecho. Todos los amantes de estas artes tenemos que hacer que estos oficios perduren y trabajar en su adaptación a la modernidad. Esta técnica tiene la favorable característica de ofrecer numerosas posibilidades de modelado y color con el único límite de la creatividad e imaginación del artista. Este es un factor muy positivo que permite adaptarla a nuevas formas de expresión y demandas siempre y cuando se respete la calidad y la tradición.. El mercado del estuco artesanal puede convivir perfectamente con el mercado industrial como lo hacen otros oficios a ( joyería, alta costura…) aunque para ello antes es muy importante que se fomente y se de a conocer la técnica tradicional para que el público sepa diferenciar lo artesanal de lo industrial. Sólo así conseguiremos que una de las técnicas artísticas más extraordinarias recupere el valor y prestigio que merece.
Confiemos en que esa innata curiosidad y necesidad de aprender y comprender del ser humano nos las devuelva.

 

Versión completa de la columna publicada en la sección Saberes, de la edición 132 de la Revista D&D.

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