Al estilo de Carlos Galli

Texto Sol Dellepiane A.
Descubrimientos
Carlos Galli era un arquitecto recién graduado, pero discernir cuál sería su misión en este mundo no era tarea fácil. A la clásica desorientación post-universitaria hay que agregar -como rasgo de época- la multiplicidad de mandatos que imponía una carrera cursada en la Universidad de Buenos Aires a caballo entre los `60 y los `70, con muchas más horas de asambleas y discusiones sobre compromiso social que verdadero acercamiento a la arquitectura; tantas más pancartas que maquetas, a no ser por algunos proyectos de viviendas populares y otros sueños históricos. “Después, durante un tiempo, los que buscaban arquitecto pedían “camadas `72-73, abstenerse”, relata Galli hoy, a años luz de aquellos años de claroscuros.
Los viajes son maravillosos dadores de perspectiva. Entonces, viajó. Y tuvo la suerte -o la lucidez- de recalar en tierras limítrofes, pero con una cultura tan diferente que podría haberse tratado de otro continente. Galli descubrió Brasil, y Brasil lo cautivó. La valoración de lo autóctono, la utilización de los recursos propios, la exuberancia de la naturaleza traspuesta al plano de las ideas estéticas, se abrieron ante él como puertas hacia un espacio de posibilidades creativas infinitas.
Justo lo que él estaba buscando. “Brasil me deslumbró con ese gusto y esa voluptuosidad que había en la decoración y con cosas muy interesantes, como el uso de cañas y mimbres, y objetos hechos por los indígenas. Ellos utilizaban sus elementos -su clima, su calor, sus colores-, por eso la diferencia con la decoración de interiores que se hacía en Buenos Aires, de donde yo venía con pautas mucho más europeas, era muy grande”.
En San Pablo conoció a Andrea Moroni, una renombrada decoradora con la que se quedó trabajando. Fueron cuatro años de intenso aprendizaje. La revelación telúrica no fue la única durante esa estadía en Brasil. Por esos años lo oriental estaba muy de moda allí -”en un primer momento lo chino lujoso, que después fue evolucionando hacia lo japonés y el minimalismo”, especifica Galli, para quien Oriente significó un segundo descubrimiento. Aunque se autodefina escéptico de los parasiempres, el enamoramiento de Carlos por las formas simples, la armonía como precepto, las lacas y las maderas características de aquellas culturas lejanas se prolongó en un romance eterno.

El espacio como placer
“Volví a la Argentina y puse La Compañía en el año `80. Hacía trabajos de decoración, y enseguida me puse a diseñar muebles”. Galli ha continuado haciendo ambas cosas desde entonces, y hoy su negocio y su nombre como diseñador ocupan un lugar central. De esa centralidad es emblemática su ubicación en el mapa urbano. Después de migrar por sucursales varias, Carlos fijó los cuarteles de La Compañía, de su estudio y su refugio privado en tres direcciones sobre Arenales, indudablemente la calle más significativa para el diseño de interiores vernáculo.
“Es muy agradable estar conectado con la gente por el lado del placer. No es como el médico, que recibe los dolores. Al arquitecto se lo visita para jugar, para sentir el placer por hacerse una casa. Uno conoce a la gente desde ese lugar y ellos dan su mejor cara”.
Encantado con ese perfil de su profesión y también con la fase creativa, ha podido delegar en otras personas los aspectos menos gratificantes gracias a este lugar adquirido dentro del rubro. “Detesto lo operativo y comercial. Mi trabajo es un mix entre la parte utilitaria y la cosa artística; ni lo uno ni lo otro puramente, y uno a veces termina en situaciones complicadas porque está vendiendo una creación”.
No tardó en incorporarse a la empresa María Hernández, con quien se estableció una sociedad que devino hermandad. Sin embargo, no sería ella la que lo defendería de las garras del mundo práctico. “Somos como hermanos, nos llevamos muy bien. Aunque somos muy malos para las mismas cosas, como en las cuestiones de negociación: ahí somos la peor sociedad del mundo. Pero somos la mejor desde el punto de vista del afecto, y también desde la estética, jamás tenemos conflicto en ese punto. Muchas veces soñamos con tener un empresario aguerrido al lado nuestro, que haga todo el trabajo complicado del mundo salvaje de hoy”.
Si una vez recibido tuvo que hacer un periplo para descubrir su vocación específica por los interiores, para Carlos siempre fue obvio que trabajaría con la espacialidad. “Cuando tenía seis años, mis padres decidieron hacerse una casa. Yo iba todo el tiempo a esa obra y tengo el recuerdo como de estar en un espacio que se iba armando. Es una sensación placentera ahora. Creo que ése fue el momento en que me di cuenta de que me gustaba la arquitectura”.

Secretos de hotel
El goce en la evocación habla de una verdadera afinidad con la construcción de ambientes, que Galli ha podido canalizar a lo largo de treinta años de trabajos de distinta índole. “En Buenos Aires hay mucha obra para reciclar, y ahí no se sabe dónde empieza la arquitectura y dónde el diseño de interiores, creo que están muy mezclados”. Además de intervenciones en casas particulares, ha hecho bastante arquitectura comercial: el imponente local sobre Santa Fe que proyectó en los `90 para la firma Vitamina, y Dashi, un restaurant porteño que marcó tendencia, son ejemplos paradigmáticos de esta especialidad.
Últimamente, La Compañía se embarcó en un proyecto que entusiasma muchísimo a su dueño. “Junto con dos empresas amigas, Iluminación Agüero y Compañía del Comercio, integramos un consorcio dedicado al diseño hotelero. Estamos trabajando muchísimo con eso, haciendo propuestas en conjunto.”
Galli y compañías supieron plegarse a una tendencia mundial que -conocida con el nombre de hotelería boutique- busca diseñar espacios para el turismo con un concepto totalmente diferente al que impusieron hace años las grandes cadenas internacionales. Lejos de la estética globalizada, las dimensiones monstruosas y la fría despersonalización de los hoteles a la “Perdidos en Tokio”, éstos otros buscan generar una nueva calidad de experiencia para sus huéspedes. En realidad, esta ola tiene dos vertientes, como bien explica Galli: “Una es la idea del Hotel Mercer de New York: que la persona se sienta como en su casa. Llegás y en el lobby no hay nadie que te agarre la valija, pero la realidad es que la persona que se encarga de atenderte, aparece. La otra es la de un hotel de diseño de altísimo impacto escenográfico”.
El auge actual de turismo argentino ha determinado una explosión de iniciativas hoteleras, y éstas han sabido capitalizar las novedades en materia estética, a saber, la invasión del diseño a todas las esferas de la vida y también esa mirada súbitamente amigable hacia las particularidades regionales que tanto prendió en el país. En este contexto, la oferta de Carlos y sus socios no pudo ser más atinada, y el consorcio ya lleva realizadas varias obras en el interior y en Buenos Aires.
En todas ellas, como en las decenas de casas y departamentos que portan el sello inconfundible de La Compañía, la búsqueda principal, más que un determinado look, más que un efecto plástico petulante o un diagrama fotogénico, ha sido la presencia de un clima. “Creo en la arquitectura y creo en la ambientación. Diría que casi descreo de la decoración, que para mí es sinónimo de torta de cumpleaños. Con una buena arquitectura, una ambientación cuidada y buena luz, ya está. Por supuesto que el buen diseño ayuda, pero lo más importante es sentir que existe ambiente.”
Así son las trayectorias. La suma de experiencias, lecturas, viajes, prácticas, trabajos, vínculos, éxitos, sueños y recuerdos explica, en buena medida, el tiempo presente del héroe en cuestión. A la vuelta de las disquisiciones sartreanas, de la fascinación por lo exótico y de los vaivenes económicos de un país que ha configurado todos los escenarios posibles, Carlos Galli encontró y plasmó un estilo que refleja su manera de concebir el mundo.

Publicado en la edición 86 de la revista D&D.

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