Al estilo de Clorindo Testa

Published by admin on April 11th, 2013 - in Al estilo de..., Uncategorized

D&D recuerda al exitoso artista y arquitecto.

Clorindo Testa

Todo empieza en 1923
El puerto de Buenos Aires los vio pasar dos veces en menos de un año. La primera, en el sector de embarque, eran simplemente un hombre de inocultable acento italiano y una argentina con panza prominente. Meses más tarde, completando viaje en dirección inversa, fueron tres los que descendieron del barco. El niñito, un auténtico Testa bautizado Clorindo -nacido en tierra paterna como dictó la sangre- llegaba para quedarse a la ciudad que lo vería devenir uno de los arquitectos más destacados del siglo.
La graduación sucedió en 1948, habiendo explorado y descartado (por motivos de geografía, de universidades y por qué no, vocacionales) la Ingeniería Naval -que siempre había creído su rumbo- y la Ingeniería a secas, en ese orden. Enfrentarse a la arquitectura, en cambio, fue rendirse sin planteos ni resistencias a sus por entonces depuradísimos encantos.
Recién recibido trabajó como dibujante en el llamado Plan Regulador de la Ciudad de Buenos Aires, donde conoció gente interesante como Ernesto Rogers, arquitecto y urbanista italiano cuya visión sería determinante para Clorindo. “El era un exponente que vos conocías de los libros, se paseaba por ahí porque era asesor. En ese momento era mucho más difícil conocer gente, no como ahora que vas a un Congreso y están todos; eran contadas las situaciones en que te podías cruzar con alguien”.
Enseguida llegó la oportunidad de un viaje. Gracias a una beca -y a sus méritos para obtenerla-, Testa recorrió su país natal durante tres meses en plan de estudios, junto a diez compañeros y un profesor que ofició de guía. Al llegar a Nápoles, particularmente a un pueblito muy cercano a Benevento (“que había sido ciudad romana”), hizo detener frente a la casa de su abuela el ómnibus que los transportaba, se despidió de sus amigos y se quedó dos años.

La vida y las dos obras
“Empecé a pintar cuando volví de Italia”. Esto es, por supuesto, una manera de decir. Clorindo siempre pintó. El clásico dibujo de la casita propia, firmado a los cinco años, cuelga enmarcado a la entrada de su estudio como una prematura placa profesional. De chico tenía a mano la caja de óleos y lápices que su madre había utilizado cuando tomaba lecciones de dibujo en la típica currícula de joven porteña. Además tanto madre como padre supieron estimular la evidente habilidad del primogénito, de modo que el arte formó parte de la vida desde la infancia. Lo que sucedió, sí, recién después del sabático en Europa, fue la inmersión profunda en una rutina de artista.
Y no solo de artista. En 1951 la Cámara de la Construcción abrió concurso de proyectos para su sede. Clorindo acababa de volver y decidió que era tiempo de empezar a producir. Formó un equipo con compañeros de facultad (Boris Dabinovic, Augusto Gaido y Francisco Rossi), elaboró un proyecto y ganó. “Con ellos también ganamos el concurso para el Centro Cívico de Santa Rosa, en el ´56″, recuerda y se preocupa por “que figuren bien todos los nombres”. Inmediatamente, en 1952, hizo su primera exposición de cuadros. Desde ese virtual punto de partida a comienzos de la década del cincuenta, su dedicación al arte y a la arquitectura nunca más cesó. Los ochenta años lo encuentran tan involucrado como entonces en las corridas de los concursos y las trastiendas de las muestras.
En el camino, decenas de proyectos y construcciones, fama, familia propia, más viajes… “Me casé en el ´62, porque me dieron el Premio Di Tella de pintura, que consistía en un viaje y estadía de seis meses en lugar a elección”. Chandigarth, la ciudad que sintetizaba en la India los sueños del maestro Le Corbusier, fue el destino escogido para tan culta luna de miel.
En ese mismo año Testa tendría otro de sus principales logros: el primer premio para su proyecto de Biblioteca Nacional, realizado junto a Francisco Bullrich y Alicia Cazzaniga, un hito en su carrera que se sumaba a los mencionados y a otra obra fundamental: el Banco de Londres, en asociación con los arquitectos Sanchez Elía, Peralta Ramos y Agostini, en 1959.
Seguirían, en el ´79, el Centro Cultural Recoleta, junto a Jacques Bedel y Luis Benedit y el Colegio de Escribanos de la Capital Federal, asociado al estudio Sevi y a Juan Fontana, en 1997, para redondear una lista de grandes obras que todavía está abierta.
Tanto ajetreo profesional multiplicado por la doble actividad desconoció, sin embargo, los horarios, tormentos y clichés de la bohemia. El matrimonio con la ceramista Teresita Bortagaray duró para siempre, juntos tuvieron a Joaquina (que pensó ser arquitecta pero finalmente se convirtió en profesora de inglés), y ni el arte ni la arquitectura desordenaron su vida, que, si no fuera tan excepcional en aciertos, podría definirse como normal. “Pinto con luz, así que nunca lo he hecho de noche. Con los concursos me habré quedado una noche o dos trabajando, pero el resto del tiempo siempre en horarios normales”.
Iluminación en pleno desierto
“Poco antes de llegar a Abu Simbel se ve desde el avión una cantidad de pirámides hechas por el viento en el desierto, que parecen las otras (pirámides). En el año 3000 a C, cuando se unieron el reino de Nubia y el otro para formar un solo Egipto, lo que se hizo fue reproducir esas pirámides naturales, simbolizando la unidad del país. Eso es lo que comprendí cuando lo vi en persona” -Y agrega: “Los nubios se pasaban meses y años vagando por el desierto porque extrañaban; esa es otra, se diseña el paisaje para que el paisaje sea el mismo”.
Simbolizar una unión imperial, conjurar la nostalgia por el territorio abandonado. Hipótesis para una incógnita -por qué los egipcios edificaron las pirámides- que no es la obvia. Quizá el dónde, cuándo y fundamentalmente el cómo de esa cuestión constituyan la clásica preocupación de un arquitecto. La reflexión de Testa, que trasciende el abordaje tipo, señala en escala el nivel de su acercamiento a las cosas.
Esta profundidad no repica en dificultades para conectarse con lo cotidiano, como podrían imponer otros estereotipos de inteligencias célebres. Sin preámbulo ni circunloquio, Clorindo pasará de la melancolía en versión jeroglífica al trauma post-mudanza de su gato Max cuando le tocó emigrar de Santa Fe y Rodríguez Peña a Santa Fe y Uruguay y la primera noche, por única vez en su felina existencia durmió, sin dejar de temblar nunca, en su cobija.
La historia contada en papel
Trabaja en un estudio-atelier también sobre la Avenida Santa Fe, un lugar que prefiere porque le permite vistas panorámicas de varios kilómetros. El departamento, amplio, con la calidez de lo habitado pero helado en su orientación sur, alberga cuadros, planos, maquetas, esculturas (una de sus famosas jaulas de perros arremete ni bien se deja el ascensor, otra ocupa buena parte de un baño). Es una instalación retrospectiva permanente que delata cada una de las incursiones de Testa en el arte.
En cuanto a retrospectivas, él tuvo la suya y fue a lo grande, en el Museo de Bellas Artes. La desató la insistencia de su amigo Glusberg sumada a una vivencia pintoresca: “Fui a la que le hicieron a mi colega Amancio Williams en el Museo de Arte Decorativo y me crucé con Mujica Láinez que me dijo, ¿Y cuándo te hacen una póstuma como ésta a vos? ¡Y es así, a medida que pasa el tiempo una retrospectiva puede pasar a ser una póstuma!”
Sobre su mesa de trabajo se suceden hojas, carpetas, libros. Clorindo maneja los códigos de ese desorden con precisión. Despliega dibujos y, al tiempo, revive las escenas de su producción. “Ésta es una pensión en España, en un recorrido que hice con otra beca (muestra camita monacal y perchero thonet en encantadora tinta china). Estas son las medianeras de Madrid en el ´50, un cuadriculado perfecto en estructuras de madera de casas del 1700″, se entusiasma. “Y aquí un molino en Zamora”.
Entre los bocetos y obras, hay papel en blanco y materiales, incluida una serie de reglas de arquitecto que lo acompañan desde el primer concurso. Cada milímetro de la mesa y del estudio habla de Testa: la proliferación de objetos enumera la apabullante cantidad de sus proyectos; cierta fría austeridad lo pinta en su reserva (no termina de estar cómodo en el papel de narrador de la propia trayectoria ni se prestará al juego de nuestras clásicas preguntas Breves); el buen diseño con acento en lo funcional, reinante en los espacios, en los pocos muebles dispuestos aquí y allá, en la organización de este microcosmos de arte, sintetiza su concepción de la espacialidad. Un pensamiento que, plasmado en cemento y en papel, inmortalizará a Clorindo como un notable del siglo XX argentino.
Clorindo en teoría
¿Algún movimiento de la actualidad tiene la fuerza del modernismo de principios del siglo XX?
Diría que es distinto, porque antes tanto en arquitectura como en pintura y estoy seguro que en otras cosa también, había menos personas que lideraban movimientos. Cuando yo estudiaba en la facultad, había tres, Le Corbusier, Wright y Mies van der Rohe, que eran formas totalmente distintas de encarar la arquitectura, y no había otros movimientos. En cambio ahora hay mucha individualidad y maneras de hacer las cosas. Con el asunto de la tecnología y de países que lo pueden hacer, hay una profusión de aluminio y de paredes de vidrio y una cantidad de cosas…
¿Qué principios ha combatido desde su obra?
Concientemente ninguno. Pero uno trata de hacer siempre lo mejor que puede.
¿Un estilo universal o variantes regionales?
La arquitectura siempre fue de la misma manera. Pensemos en cómo construían los romanos, toda Europa era igual, pero había variantes de acuerdo al lugar, los materiales, etcétera. La arquitectura colonial americana es barroca: todas las iglesias de Buenos Aires, las ruinas jesuíticas del Paraguay, Bolivia o Misiones, son barrocas, pero a la vez, las ves en una fotografía y sabés que están en América del Sur y no en España, por más que tengan las mismas molduras, las mismas columnas y cúpulas. Por una cantidad de cosas, las reconocés.
Pero hoy en día con la globalización es más fácil “borrar el contexto”.
Porque hay menos artesanos que terminan las cosas.
Tres grandes de la arquitectura universal.
Frank Gehry, Borromini entre los barrocos y Le Corbusier.
De Le Corbusier me gusta lo mediterráneo. Si vos mirás la Acrópolis, con todos sus planos fuera de eje, eso lo podría haber hecho él, que lo que hizo fue una reinterpretación de todo eso.
¿Cómo se conjugan el gusto por Le Corbusier y por el barroco?
No tiene nada que ver. No hubo períodos malos y buenos en el arte. Es la costumbre del momento que dicta qué es bueno, o que tal retrato de Napoleón era una porquería, cuando quizá es un cuadro fantástico. Lo que cambia es la manera de ver las cosas.
¿Cree en una historia del arte evolutiva?
Para nada. En el principio no había nada y de repente surgió el arte. ¿Quién les enseñó a los egipcios y a los griegos? Se dice que los egipcios no conocían la perspectiva. No la conocían porque no les interesaba representarla en los bajorrelieves. Te decían que la pintura de los bizantinos era una decadencia. Pero no, ésa era su visión. Sería como decir que lo de Picasso era decadencia. El arte empezó de golpe y fue siempre equivalente. Lo que pasa es que la formación cultural hace apreciar algunas cosas por sobre otras.

Clorindo en acción
¿Cuál es el espacio más importante de una casa particular?
El estar.
¿Cómo definiría calidad de vida desde la arquitectura?
No es que la casa sea lujosa ni mucho menos. Es que sea agradable y cómoda para estar, sacarle el mejor partido a la ubicación. En los edificios, que todo funcione, que los recorridos sean mínimos, que la circulación sea buena.
¿Qué parámetros rigen en su propia casa y en su estudio?
Son cómodos para estar. El estudio, además, está orientado al sur, de manera que nunca entra el sol, y lo que está iluminado por el sol es lo que se ve. Eso me parece muy importante.
¿Qué consejo le daría a alguien que construye su primera casa?
Le diría que sea lo más simple posible, que haga un cubo para vivir, y que después le agregue cosas.
¿A un arquitecto recién recibido?
En cinco años te transformás en arquitecto, estás habilitado a construir, y ¿cuántos proyectos hiciste? Máximo 10, 2 por año. Pero después a medida que el tiempo pasa y vas haciendo cosas, vas aprendiendo naturalmente, así que le diría que no se angustie.
¿A qué persona del mundo del diseño le gustaría invitar a comer a su casa?
Tendría que ser un amigo, para pasarla bien. A Shakespear, un tipo divertido, agradable.
¿El principal defecto y la mayor virtud?
No tengo la menor idea.
¿Qué objeto de arte se robaría de un museo?
Algo griego, romano o egipcio. Quizá un retrato romano, una máscara, que es como sacar una foto ahora.
¿Qué es lo que más le gusta de sus oficios?
Dibujar.
¿Detalles o conjunto?
Las dos cosas.
¿Interior o exterior?
Al exterior vos nunca lo ves. Pero cuando estás adentro, hacia afuera ves todo. La visión desde adentro es la verdadera. Pienso las obras desde adentro.
¿Color o blanco y negro?
Blanco y negro y también color. En mi obra artística he tenido períodos. Hubo un período en blanco y negro desde el ´57, más o menos, hasta el ´65. Eso terminó en los Plegados (que son cuadros con relieve en explosión de color. Uno de los cinco que realizó, escolta su escritorio)
¿Le interesa la decoración de sus construcciones?
No, eso lo dejo en manos de los dueños de casa.
¿No lo perturba que una obra suya sea decorada por un profesional que no tiene su misma línea?
No, para nada. Me parecería extremista pensar así.
¿Cuál siente que es su gran aporte a la arquitectura en Argentina?
No, ninguno, haber hecho algunos edificios, nada más.
¿Tiene preferencia por alguna de sus obras?
No. Uno hace siempre las cosas con la misma intensidad, trabaja igual para el Banco de Londres que para la casa de un cliente particular.

D&D, 2003. Texto: Sol Dellepiane A.

 


One Response

  1. Lo ԁіgo sіnceгаmente: redaсtas exсelente

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